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¿Para qué tener hijos?


Entrada 11- Cuando el autismo conoció a Lola

"Los adultos se gradúan de padres
el mismo día que los niños se
gradúan de hijos."

El domingo 22 de septiembre del año 1996, es una fecha que marcó un nuevo comienzo en mi vida, un re-inventarme como ser humano y como mujer: el nacimiento de mi hijo Eric Javier. Eran cerca de las 7:30 de la noche, CJ y yo nos encontrábamos en una reunión celebrando el cumpleaños de una gran amiga. Comencé a sentir fuertes contracciones, pero no le dije nada a nadie ya que intentaba esperar hasta que mi cuerpo ya no pudiera más con el dolor. Quería a toda costa evitar llegar al hospital como llegan muchas mujeres primerizas, gritando de dolor y listas para dar a luz, para después enterarse que aún les quedan varias horas de espera con las dolorosas y constantes contracciones, porque éstas aún no son lo suficientemente frecuentes e intensas. No tenía idea de lo dolorosa que podía ser una contracción, y esto a pesar de que muchas mujeres que ya habían pasado por eso me lo advirtieron. Me parece que no existen palabras que puedan describir el sentimiento dulce y amargo que experimentamos las mujeres antes y durante el trabajo de parto. Ese dolor físico tan intenso combinado con el sentimiento de alegría, excitación, ansiedad y curiosidad que experimentamos ante ese momento cumbre en el que podremos ver por primera vez  la carita de ese ser al que le hemos hablado, cantado, abrazado y albergado en nuestro vientre por tantos meses. Muchos de los que han tenido que pasar piedras en los riñones, dicen que ese dolor es muy similar al dolor de las contracciones (de eso no se nada), sin embargo estoy segura que pasar una piedra no resulta tan emocionante, lleno de amor y curiosidad por conocer el producto de aquel dolor. 

Llegamos al hospital Mount Sinai en Miami Beach, eran las 8:15 de la noche. Inmediatamente me llevaron a una sala de espera para mujeres embarazadas, mientras llega el o la médico en turno. Me acostaron en una cama, tomaron mis signos vitales y yo les pedía con toda el alma, que por favor me colocaran ¡ya! la anestesia que le colocan a las mujeres para calmar los dolores por las contracciones. Sin embargo, la respuesta de la enfermera fue: “no podemos colocarte la anestesia, hasta que la doctora te revise y dé su aprobación (protocolo del hospital). Para mi sorpresa, la doctora que vi entrar a la habitación en la que me encontraba, era mi ginecóloga, esa noche estaba de guardia y eso me regresó el alma al cuerpo, ya que no quería dar a luz con un médico al que nunca antes hubiera visto y que no supiera todo lo que viví durante mi embarazo con Eric.

¿Qué viví en el embarazo de Eric? De eso ya les platiqué anteriormente, solamente debo añadir que durante los cuatro primeros meses experimenté fuertes náuseas y un vómito que fue muy difícil de controlar. Estuve hospitalizada en dos ocasiones por deshidratación, una de esas ocasiones mi ginecóloga, la Dra. Iglesias, temió que el líquido amniótico de la bolsa se hubiera secado, junto con mi cuerpo que se encontraba completamente deshidratado. Perdí 5 kilos durante los primeros cuatro meses de embarazo y para muchas mujeres esto sonará como una bendición, ya que generalmente lo que ocurre en los embarazos es que ganamos una cantidad de kilos que después ya no sabemos qué hacer con ellos.

La doctora Iglesias me revisó y determinó que no me podrían colocar anestesia, ya que ya había dilatado ocho centímetros y en cualquier momento la labor de parto estaría por comenzar. Fui trasladada al quirófano, todo estaba casi listo, excepto la doctora, que se preparaba para colocarse los guantes cuando una de las enfermeras comenzó a gritar: “¡ya está saliendo el bebé!”. La doctora volteó hacia mí y me pidió en tono de broma que no pujara más, que le permitiera colocarse los guantes. La realidad es que yo no tuve que pujar los primeros minutos, la cabeza de Eric salió fácilmente, la labor de pujar, realmente se tuvo que realizar para que saliera el resto del cuerpo. Finalmente había nacido mi “primer” hijo, me sentía exhausta pero inmensamente conmovida por el milagro de vida que se había dado en ese momento ante mis ojos.

Yo tenía 27 años cuando nació Eric, se supone que para entonces, yo debía ser una mujer madura y conocedora de la complejidad de la naturaleza humana, sin embargo, creo que no fue hasta muchos años después que logré comprender que realmente la llegada de un pequeño ser humano a este mundo, es un verdadero milagro. Los fetos en el vientre materno, son completamente vulnerables a la biología de la madre, del padre y de la suya misma. Llevan a cabo grandes batallas por la super vivencia, por llegar en el momento preciso, en las condiciones que deben llegar. Se dice que los hijos eligen a ambos padres para crecer junto con ellos, para estrenarse como “hijos”, para dar permiso a papá y mamá de estrenarse como padres y para emprender junto con ellos, una aventura eterna en la que todos aprendemos sobre el verdadero significado de la responsabilidad y el amor incondicional por otro ser humano.

Hoy, a mis cuarenta y ocho años de edad, he llegado a la conclusión que si los adultos realmente lograremos comprender el significado de “dar a luz”, de traer al mundo a un habitante más del planeta, seguramente muchos optarían por no tener hijos. Las experiencias de vida, la madurez, el conocer todo lo que puede ir “mal” durante y después del nacimiento de un bebé, las falsas creencias de los adultos, la intolerancia y la ignorancia,  el apego a las ridículas expectativas y normas sociales, la falta de amor por uno mismo, etc. Todas estas cosas me han llevado a concluir que tener un hijo o una hija, no es solamente tenerlo para sentirnos completos como pareja, para sentirnos mujeres, para que nos acompañen cuando seamos viejos o por que nos fallaron las cuentas, porque es la tradición o lo que la sociedad y la religión definen como: familia. Tener un hijo es la responsabilidad y compromiso más grande que una pareja adquiere con uno mismo y con la humanidad. Somos los encargados de “construir” a esa persona que es el futuro del planeta Tierra. Tenemos en nuestras manos el barro más fino y delicado con el que damos forma a esa pieza de arte perfecta que puede aportar o restar amor y evolución a la humanidad, de acuerdo a sus experiencias de vida.

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