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El día que el autismo entró a mi vida


Entrada 2

“Nadie sabe para quién trabaja”. Yo pensé que
trabajaría para ganar unos cuantos pesos
durante mis vacaciones de verano
y resulta que estaba entrenándome
para toda mi vida..


No estoy segura de recordar las emociones y sentimientos que me embargaron al darme cuenta que Eric paulatinamente se sumergía en una dimensión a la que yo no estaba logrando tener acceso con mis limitados recursos de ser humano “normal”. Más adelante me enteré que eso a lo que yo llamo “otra dimensión”, muchos otros le denominan en el autismo: “su propio mundo”... término con el que no estoy de acuerdo, pero de eso hablaremos más adelante.
Hace un tiempo tomé la decisión de realizar una profunda introspección de los eventos, emociones y sentimientos más impactantes que he experimentado a lo largo de mi existencia. Todo con la intensión de encontrar ese punto en el que la vida misma me avisaba con anticipación que tendría un “encuentro cercano con el autismo” y que eso me permitiría ver claramente cuál sería parte de mi misión. Yo no había logrado entender, debido a mi manera mental de observar mi existencia, que la vida nos manda avisos claros y contundentes sobre muchos de los eventos que “podríamos” experimentar durante nuestro paso por la tierra; pongo entre comillas: “podríamos”, porque existe el libre albedrío, pero para una persona totalmente mental como lo era yo, el libre albedrío estaba completamente fuera de mi control y por lo tanto no entendía su verdadero significado.
Fui “entrenada” por mis padres, la familia en general, la escuela, mi entorno social, la religión, la cultura de mi país, medios de comunicación, entre otros entornos, para usar la cabeza para observar los acontecimientos y resolver los problemas. Me enseñaron a no llorar por pequeñeces, utilizar el sentido común, hacer lo que era lógico aunque yo no lo entendiera; me enseñaron a hacer y actuar a pesar de que no era lo que yo deseaba hacer.
No se me enseñó cómo sentir las emociones en mi cuerpo para darme cuenta que mi cuerpo me estaba hablando para dejarme saber cuando algo no era lo mejor para mí, cuando algo estaba por ocurrir o cuando algo era lo correcto. En pocas palabras, no se me enseñó a dejarme guiar por mi intuición y aprender a confiar en mí y en ser una persona libre de expresar aquello que debía guardar para no herir los sentimientos de otras personas a costa de mi frustración.
En fin, les platico todo esto para comentarles sobre el día en el que el autismo entró a mi vida. En el verano de 1988 a los 19 años de edad, mi madre me comentó que una pareja de amigos suyos se estaban transfiriendo de Poza Rica, Veracruz a la Ciudad de México y que estaban emprendiendo un nuevo negocio en la ciudad. Se trataba de una pareja de personas de edad avanzada (ante mis ojos adolescentes), ella tenía 38 y él 44 años de edad y tenían un hijo de 2 añitos, su nombre es Jhonatan. Mi mamá que conocía sobre mi debilidad por “los niños pequeños” y sabía lo buena que era tomando cargo de ellos, me dijo que los padres de Jhonatan necesitaban a alguien de confianza que les ayudara con el niño por tres o cuatro semanas mientras ellos instalaban el negocio; era el momento perfecto para mí puesto que yo no tenía clases en la universidad por el verano, así que acepté la oferta.
Desde el día uno que cuidé a Jhonatan, me di cuenta que frente a mi tenía a un bebé que funcionaba enteramente diferente a todos los niños pequeños que habían pasado por mis brazos hasta ese momento. Debo aclarar que yo era considerada la cuidadora oficial de niños en mi familia, cuando mis padres y tíos salían de fiesta o iban a eventos nocturnos, nadie se preocupaba por los niños pequeños porque “Lola” (que en aquel entonces era Ivonne y ya les contaré mucho más adelante sobre esto) se encargaría de darles de cenar, bañarlos, ponerles la pijama, arrullarlos si era necesario y ponerlos a dormir.
El primer día, después de haber cuidado a Jhonatan, regresé a casa impactada por lo que había observado y le comenté a mi madre que algo no estaba bien con ese niño. Le dije que no me dejaba cargarlo y que lloraba estruendosamente cuando intentaba hacerlo; se pasaba largo tiempo en posición fetal metido dentro de las cajas vacías de la mudanza y en ocasiones se metía junto con una almohada que se colocaba sobre su cuerpo. No pronunciaba ni una sola palabra, solamente emitía sonidos guturales que parecían todos los mismos pero con diferentes tonos. Lloraba desconsoladamente sin motivo aparente. Tomaba una excesiva cantidad de leche y solamente comía papas fritas de McDonalds que sus padres tenían ya listas para él. Mi madre me dijo: “no te preocupes, Jhonatan apenas te está conociendo, seguramente irá permitiéndote jugar con él más adelante; además recuerda que sus padres ya lo tuvieron siendo mayores, es hijo único y lo tienen my consentido.” Esas palabras simplemente apagaron en mí toda posibilidad de poder expresar esa impotencia de querer decirle a los padres de Jhonatan lo que estaba observando y sentí que me invadía una gran frustración el no poder hacer nada por ese niño.
En la siguiente entrada, sabrán el desenlace de la historia con Jhonatan y algo más…

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