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Lo que transformas adentro transforma afuera


 “Educar la mente sin educar el corazón,
no es educación en absoluto.”
Aristóteles

Para educar al mundo es necesario transformarnos a nosotros mismos. Educar significa “guiar o conducir” lo cual no tiene nada que ver con imponer, sancionar, aplastar, etiquetar, señalar y juzgar. Educar va mucho mas allá de enseñar al otro lo que debe y no debe hacer. Educar es más bien utilizar los deseos, habilidades y conocimiento del otro, para guiarle y/o acompañarle en la exploración de las opciones que tienen para hacer tal o cual cosa, para tomar tal o cual decisión, etc. No es lo mismo: "te acompaño a caminar por el bosque", que "te llevo a que camines por el bosque que yo quiero que camines, veas lo que yo quiero que veas, escuches lo que yo quiero que escuches y caminemos por el tiempo que yo quiero que caminemos juntos"…

Para cambiar la educación de los habitantes del planeta Tierra, es indispensable entender que este proceso se lleva a cabo un momento a la vez; se vive minuto a minuto. Los chicos nos observan e integran información externa en todo momento, y eso que “hoy” experimentan como su realidad de vida, es el resultado de infinitos minutos de experiencia que han vivido al lado de un adulto.

Los retos de la humanidad son demasiados, la necesidad de transformarnos como raza es inminente. Sin embargo, ese cambio solamente ocurre cuando cambiamos nuestra percepción sobre nosotros mismos, sobre lo que significa educar, aprender y sobre el significado de la convivencia humana. Fuimos creados para vivir en colectividad, necesitamos de los demás para experimentar lo que significa sentirnos amados, sentirnos parte de, y sabernos aceptados. Somos seres interdependientes que necesitamos de la guía y el acompañamiento de otros para lograr sobrevivir y para descubrir nuestra propia grandeza y atributos; para determinar lo que nos hace únicos y diferentes, y para saber lo que podemos aportar a otros por muy pequeña o abstracta que esa aportación nos parezca.

Soy madre de dos adolescentes, uno de ellos diagnosticado con autismo. Hace algún tiempo entendí que para educar a mis hijos y buscar inclusión social de Eric y de mi familia, era necesario comenzar por mí. Soy yo la que debía entender que la inclusión no es un favor que se hace ni un premio que se gana. Incluir es simplemente acoger e integrar al otro porque es su derecho humano a pesar de tener diferentes maneras de entender la vida. Soy yo quien necesitaba comprender que si siento que mi hijo o mi familia es excluida, es porque yo misma le he dado vida y fuerza a ese pensamiento en mi cabeza, y como tal, el resto de la gente replica y confirma lo que yo pienso y siento. Muchos no estarán de acuerdo con lo que expreso porque han vivido la exclusión social como una pesadilla. Sin embargo, y para cerrar esta nota, citaré la respuesta que me dio Andrea, una chica de 25 años de edad con parálisis cerebral, después de que le pregunté: “¿en qué momento de tu vida has parado de sentirte víctima de bullying?”. La respuesta de Andrea fue la siguiente: “El bullying paró en el momento en el que me di cuenta que yo era la que lo provocaba. Era yo la que se sentía diferente, me veía incapaz e inferior a todos los demás. El bullying paró cuando asumí la responsabilidad de lo que pensaba y sentía sobre mí misma. El bullying paró cuando comencé a darme permiso de ser yo misma sin sentirme víctima y al mismo tiempo, aceptando mis limitaciones y atreviéndome a pedir ayuda abiertamente. El bullying paró cuando me di cuenta de que tenía miedo de mi fracaso y del rechazo y cuando perdí el miedo de comentarle abiertamente a los demás sobre mis miedos y dificultades…” Una poderosa respuesta y lección de vida de alguien que ha vivido con una discapacidad desde sus primeros días de nacida…

La humanidad se transformará en la medida que transformamos nuestra visión sobre nosotros mismos y sobre nuestras circunstancias.


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