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El siguiente embarazo de Lola


Entrada 9

"Nos convertimos en lo que pensamos,
lo que pensamos es producto de nuestras
experiencias de vida y nuestras creencias."

En diciembre de 1995, finalmente quedamos instalados CJ y yo en nuestro nuevo hogar en la ciudad de Miami Beach. Sus padres permanecieron con nosotros por un espacio de cuatro meses aproximadamente, para mí esos cuatro meses me parecieron dos años, me resultaba realmente difícil pensar en vivir con mis suegros. Ellos no eran personas de mala voluntad, nunca lo fueron, sin embargo el choque con la cultura cubana que yo en ese momento, no tenía idea de cómo manejar, me causaba serios dolores de estómago en el sentido real y figurado. En ese momento no tenía la conciencia para darme cuenta que el rechazo y enojo que sentía por la presencia de esas dos personas en MI casa, no tenía absolutamente nada que ver con ellos, tenía todo que ver con mis creencias, con mi dolor interno de vivir en un país que no era el mío y con sentirme obligada a ser parte de una cultura que yo aún no lograba entender.

Este mismo mes de diciembre quedé embarazada de mi primer hijo vivo: Eric Javier. No cabía en mi corazón la alegría que experimenté el día que me hice la prueba de embarazo y comprobé que esperaba un hijo. Qué inmenso gozo saber que por fin había llegado el día en el que podría pensar en “dar a luz”, convertirme en mamá, y dar vida a uno de los grandes sueños que tenía desde la infancia. Las náuseas y el vómito se hicieron presentes inmediatamente, me parece que desde antes de hacerme la prueba de embarazo yo ya sentía nauseas desde el momento en que abría los ojos al despertar por la mañana, hasta el momento que lograba cerrar los ojos y conciliar el sueño por la noche. No recuerdo haber experimentado esas mismas náuseas unos cuantos años atrás, cuando quedé embarazada por primera ves de ese bebé que por alguna razón no tuvo oportunidad de continuar su vida, y al que aprovecho este espacio para rendir homenaje, reconocer en voz alta que él es en realidad mi primer hijo, el hermano mayor de Eric e Ivan y a quién le pido bendiga la historia de su madre desde cualquier dimensión en la que se encuentre..., con suerte ya está cerca de mí nuevamente, ya que soy fiel creyente de la reencarnación. 

En este momento haré un paréntesis en la historia, para comentar cómo fue que llegué a comprender que era necesario reconocer la existencia, hacer homenaje y otorgar su lugar en el árbol genealógico, a todas esas hermosas almas que no terminaron su proceso en el útero materno, por cualquier razón. No importa si se trata de una complicación durante el embarazo, desprendimiento de la placenta, un embarazo extra uterino o un aborto, todas esas almas encarnaron en el útero de alguna mujer y ese ser llegó al vientre materno con la colaboración de un padre que aportó su espermatozoide. El proceso de “crear vida” se debe honrar y liberar las culpas, resentimientos y tristeza tan solo porque esa alma merece todo nuestro amor, aceptación, respeto y agradecimiento, al igual que lo merece cualquier ser amado que se nos adelanta en el camino. No existe diferencia en los procesos de duelo cuando se trata de la muerte de nuestro padre por enfermedad, la de un hijo a los 16 años por un accidente de auto o la muerte de un hijo a las seis semanas de haber sido gestado por un desprendimiento de placenta, aborto o cualqueir otra complicación; en los tres casos, los seres humanos experimentamos una pérdida y como tal, necesitamos vivir las etapas de duelo por la muerte de un ser querido, que según la psiquiatra Elizabeth Kübler-Ross son: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

Este paréntesis que hago para hablar de la importancia de rendir homenaje a ese hermoso ser que no vivió, quiero extenderlo para que ustedes lectores comprendan cómo la vida nos habla y nos pone en la mesa la información, las personas y las herramientas para tomar las acciones que nunca tomamos la decisión de realizar o en todo caso, que ignoramos por completo la importancia que tiene llevar a cabo introspecciones profundas de eventos que en ocasiones, colocamos en el baúl de los recuerdos y que no queremos recordar porque duelen. Si hoy te duele a ti leer mi historia, es porque nunca has rendido homenaje y agradecido la existencia de esa vida que llevaste por algunas semanas en tu vientre, quizá es momento de poner atención a esto que te voy a contar sobre mi propia experiencia.

En año 2011, conocí por primera vez a una mujer en una reunión a la que me invitaron, a esa mujer la llamaré “Z”, para mantener su privacidad. Z, hasta el día de hoy, se dedica a las constelaciones familiares, debo aclarar que en aquel momento yo no tenía ni la más mínima idea de lo que era una constelación familiar. Sin embargo, cuando Z y yo nos presentamos la una a la otra, ella me miró fijamente a los ojos y me preguntó: “¿Cuántos embarazos has tenido?”... fue una pregunta bastante extraña considerando que nunca antes había hablado con ella, por lo general la gente que te conoce por primera ves te pregunta: ¿cuántos hijos tienes?, pero no te pregunta: ¿cuántos embarazos has tenido? Yo ignoré la pregunta de la manera que me la hizo y le respondí: “tengo dos hijos, Eric e Ivan”. Z con una sonrisa entrecortada me miró nuevamente a los ojos y me dijo: “No te pregunté cuántos hijos tienes, te pregunté cuántos embarazos has tenido”. Mis ojos se llenaron de lágrimas de manera automática y todo a causa de una emoción que en ese momento experimente y que para mí no tenía  ninguna explicación. Tomé una profunda respiración y le respondí: “tres embarazos, el primero solamente vivió hasta la semana seis de mi embarazo”. Z me tomó de las manos con delicadeza, me jaló con suavidad hacia ella y me abrazó, de la misma manera que una madre abraza a su hija para consolarle por la pérdida de un hijo. Después de unos segundos o minutos, Z y yo nos separamos, ella me miró nuevamente a los ojos y me dijo que yo debía honrar la vida de ese hermoso ser, que tenía que darle su lugar en mi árbol genealógico, agradecer por su vida, nombrarlo como mi primer hijo y como hermano mayor de mis hijos.

A continuación les contaré el acto simbólico que Z me recomendó realizar para poder dar cierre a mi ciclo de duelo por la pérdida de mi primer hijo a los 20 años de edad. ¿Por qué comparto con ustedes este importante momento de vida? Porque los escritores siempre debemos contemplar la posibilidad de que alguno de nuestro lectores puede estar atravesando por eventos o emociones similares a las nuestras y quizá nuestras historias pueden ayudarles a sanar internamente, sanar esa herida que no han logrado curar, cerrar ciclos que aún no se han logrado cerrar y/o a considerar algo que nunca antes habían considerado. Z me dijo que comprara un lindo portarretratos, un marco hermoso y especial para ese bebé que guardaba en mi corazón. Me comentó que debía remover la imagen que venía colocada en el portarretratos cuando se compra y que dejara el marco sin fotografía: “Toma el portarretratos y obsérvalo con amor imaginando que ahí está la foto de tu hijo, háblale a ese pequeño ser, dile todo lo que le quieras decir, platícale sobre tu vida durante el tiempo que estabas embarazada, dile lo que sentías al saber que estaba dentro de ti, sé honesta, si lo que sentías era miedo o tristeza, debes decírselo”. Lo más importante y simbólico de este acto, es que se logre sentir en alguna parte del cuerpo esa emoción que se está experimentando, puede ser dolor, culpa, tristeza o rabia… no importa; lo que realmente es importante, es reconocer ese sentimiento y permitirnos sentirlo. Llevé a cabo este acto, debo confesar que en el momento de hablarle a ese bebé en ese portarretratos, rompí a llorar de manera inconsolable; estaba yo sola, pude gritar, desgarrarme por dentro y pedirle perdón a ese hermoso ser por haberlo excluido del clan familiar por tantos años, por olvidarme que él era mi primer hijo y el hermano mayor de Eric e Ivan. Después de haber hablado, sentido, gritado y llorado hasta que no pude más y que mi cuerpo recuperó por fin la ligereza y la calma, coloqué el portarretratos en una mesa de la sala en la que tenía varias fotografías de la familia. Por instrucción de Z, coloqué ese marco justamente a un lado de la fotografía de sus hermanos y en voz alta los presenté, de la misma manera que nos presentan en una reunión en la que somos desconocidos para los invitados. Dejé esa “fotografía” en esa mesa y coloqué un florero con un ramo de flores hermosas que compré como símbolo de celebración y alegría por esta nueva unión.


Algunos de ustedes se preguntarán si esos portarretratos aún continúan juntos en la misma mesa, la respuesta es “no”. Estuvieron juntos hasta el año 2015 que la vida me dio uno más de esos tantos vuelcos que me dio desde el momento en el que quedé embarazada de Eric.

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