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Alimento para el alma



"No te rindas, los grandes cambios 
están a una canción de distancia…"


Fue a partir de septiembre de 1996 que pude comenzar a practicar ser mamá y maestra de verdad. Ya no tenía que practicar más con mis muñecas, ni con mis hermanas, ni mis primos y vecinos. A partir de ese momento, la vida me estaba dando la oportunidad de probarme a mí misma que en realidad me gustaba tanto cuidar a los niños y educarlos, como cuando lo hacía en los interminables juegos de “la escuelita o la casita” de cuando era pequeña.

Mi madre fue a pasar una temporada conmigo a Miami cuando nació Eric. Su intención era apoyarme y enseñarme: cómo cargar y bañar a mi recién nacido, cambiarle el pañal, sacarle los gases, consolarle cuando lloraba, darle de comer, darme un espacio para descansar, etc. Cuál fue la sorpresa de mi mamá cuando se dio cuenta de que yo era capaz de manejar a Eric sin ningún tipo de problema. Ella incluso comentaba que era como si yo ya hubiera criado anteriormente a varios hijos. Así mismo me sentía yo, toda una experta en el tema de la crianza y la maternidad excepto en una cosa: “darle el pecho”. Amamantar a Eric resultó todo un reto y un gran dolor físico. Eric sabía cómo pegarse a mi pecho y succionar; el problema era que no se podía mantener comiendo. Con mi pezón bien pescado en su boquita, volteaba su cabeza con frecuencia para todos lados y me lastimaba tremendamente, al punto de hacerme sangrar. Mi madre me asistía durante la hora de comer, pero aún con la experiencia que ella tenía de haber amamantado cuatro hijas sin ningún problema, Eric parecía enfocar su atención en algo que ninguna de las dos lográbamos comprender. Tuve que tomar la decisión de alternar entre darle pecho cuando mis pezones hubieran cicatrizado un poco y succionarme la leche con una bomba. La pediatra me recomendó utilizar un tipo de protectores plásticos para cubrir mi pezón pero esa idea resultó caótica. Para mí era algo completamente antinatural y mi bebé se negaba a succionar el pecho de mamá a través de un pedazo de silicón. 

Después de muchas lágrimas por el dolor físico, de no tener suficiente leche, de no saber cómo lograr que Eric se alimentara de manera natural y finalmente, tomar la decisión de alimentarlo con fórmula, me llevó a caer en una especie de depresión. Sentía culpa, tristeza y enojo, la impotencia invadía mi ser, ya que después de todo, la creencia con la que yo había crecido (en aquel momento), era que las buenas madres dan leche materna a su hijo y que éstos crecen más saludables y solo las malas madres le dan biberón. Esta creencia llevó a etiquetarme como una “mala mamá”. Las madres de familia que siempre desearon dar el pecho a su recién nacido y que por alguna razón perdieron la leche muy pronto, o que no pudieron amamantarlo por el tiempo que hubieran deseado porque trabajaban, por enfermedad o por cualquiera otra razón, conocen perfectamente el sentimiento de culpa y frustración al que me estoy refiriendo.

Al poco tiempo, llegó el momento de introducir la comida sólida a Eric. Comenzamos con las papillas caseras de vegetales y frutas alrededor de los tres o cuatro meses de edad. Cuál fue mi sorpresa al ver que darle de comer papillas a mi bebé, también resultó una gran aventura para la que definitivamente, ni haber jugado a “las comiditas” con mis muñecas, ni haber ayudado a mis tías a darles de comer a mis primos pequeños por más de diez años de mi vida, me habían preparado. ¡No había poder humano que hiciera a Eric abrir la boca! Para los primeros días en los que intenté darle papilla a Eric de no sé cuántos sabores diferentes (una a la vez). Mi mamá ya había regresado a México, pero afortunadamente mi hermana menor, Luna, estaba conmigo. Luna presenció el tremendo berrinche de Eric sentado en su silla de comer, la silla con algunos juguetes en la mesa para entretenerlo, las cara completa de Eric y yo, embarrados de papilla. Realmente era una escena caótica y poco inspiradora para que mi hermana menor algún día quisiera convertirse en mamá. No sé cómo sucedió, pero Luna decidió comenzar a cantar mientras esta escena de terror ocurría, para nuestra sorpresa, ¡Eric comenzó a abrir la boca para comer y tragar la papilla! No lo podía creer, después de haber exprimido mi creatividad para darle de comer a Eric, una canción infantil que mi hermana cantó, resultó ser la llave maestra que abrió su boca para comer por los siguiente años de vida…

Cómo hubiera deseado haber sabido la novena parte de lo que hoy he aprendido respecto a los trastornos sensoriales y alimenticios que un niño con autismo pueden enfrentar. Hubiera también querido saber que cada niño con autismo reacciona de manera única a los estímulos que se le presentan, y que en el caso de mi hijo, tenía que estimular otros sentido diferentes al del gusto y la vista para lograr que Eric abriera la boca y tragara la comida sin dificultad. No soy una experta en procesamiento sensorial ni en alimentación. Lo único que sí sé es que el tema de alimentación y la dinámica a la hora de la comida, significaron para mi familia, muchos momentos de frustración que nos ofrecieron la oportunidad de practicar la paciencia, creatividad, constancia, fortaleza y estructura para lograr desarrollar en Eric -y en cada uno de nosotros- las habilidades indispensables para que todos pudiéramos disfrutar de una comida armónica en familia y fuera de casa.

¿Por qué comento esta aventura para alimentar a Eric? Porque seguramente muchas madres han pasado por situaciones similares, han sentido culpa, desesperación, dolor de ver que sus hijos no se están alimentando “apropiadamente”, y que todos estos sentimientos nos hacen dudar de nosotras mismas como madres de familia. No sé cuántas veces pasó por mi mente la duda de imaginar que si yo no era capaz de alimentar a mi hijo, entonces ¿cómo podría sentirme una buena mamá? 

Uno de los roles primordiales de las madres es el de alimentar el alma, el cuerpo y el espíritu de los hijos. Somos co-creadoras junto con los hombres, de seres humanos que por muchos años dependen de nuestro amor, energía, fortaleza, constancia y tenacidad, para convertirse en la mejor versión de personas que podrán llegar a ser. 

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